Yo ahora ni pongo en pie cuándo tuvo lugar mi última primera cita en toda regla, y si miro los anuncios de la tele sobre dentífricos aromáticos y lociones para después del afeitado me parece triste, pero en realidad me alegro. Se me daba fatal. Hay quien disfruta con ese ritual de preparativos y lenguajes cifrados, y lo entiendo porque es un proceso emocionante y muy satisfactorio si se alcanzan los objetivos. Si yo alguna vez he triunfado en esta batalla sólo ha sido por haber despertado ternuras y compasiones capaces de volver vegetariano a un ganadero aragonés.

Anhelamos esa cita como el comer, igual que los demás, pero cuando llega el momento no nos perfumamos y pisamos fuerte hasta la esquina del encuentro. La verdad es que sufrimos como cerdos degollados. Es el estúpido círculo del completo inútil, sufrimos porque no follamos y no follamos porque sufrimos. Criamos callos en la palma de la mano de pensar en rozarle el costado a una mujer, y cuando ella aprieta sus rodillas contra las nuestras dando a entender que extrañamente está a favor de tanta torpeza no podemos ni acariciarle el pelo porque los dedos nos gotean sudor a cincuenta grados. Huimos odiándolas por acorralarnos en una situación tan aparatosa, y como no sea que nos alcancen a la carrera babeando flujo vaginal, todo está perdido.
Hay para quien esto resulta impensable. También hay quien opina que a mí esas cosas nunca me han pasado, que yo contengo un alma nata de líder, cuando mi única posesión es esta espalda encorvada por una cantidad de despecho tal que me creo capaz de cruzarme con un rebaño de rubias en tacones y vengaros a todos de un vistazo.







