Serie B

Llegará un momento en mi vida en que los años oscuros pierdan en número frente a los luminosos, o eso dicen. En cualquier caso ese punto todavía queda muy lejos y no me puedo permitir el lujo de considerar que el túnel fue un inciso pasajero perfectamente superable. No lo fue. No lo he superado. Ni siquiera he llegado a salir.
Sí admito que en ocasiones he recibido gratas visitas, y que me han llevado de paseo. La presencia de estos bellos seres a mi lado fue tan cegadora que me convencí de que estaba fuera. Hay personas que algunos días brillan de una manera deslumbrante, tengo que reconocerlo, o eso o que soy francamente impresionable. Pero el contraste de sus cuerpos contra el negro absoluto consiguió que creyera una vez tras otra, torpe de mí, que ya no pertenecía más al reino de las cloacas.
Ahora, como toda criatura apestada, pienso que este hedor no está tan mal cuando te acostumbras, y que cada uno tiene que aceptar de buen grado su naturaleza, porque todos estamos hechos para una cosa y no otra. A quién no le apetece vivir rodeado de ninfas escuálidas que hagan cola en fila india para ofrecernos copas de vino. O qué sé yo,  morenazas con cubatas, eso da igual. La cuestión es que hay quien ha nacido para la aventura y hay quien no. Y nosotros, los que padecemos del corazón en todos los sentidos, somos de los que no. Porque cualquier altibajo nos lleva a la tumba, y la emoción de tenerlo todo hoy sin saber qué va a pasar mañana o viceversa a mí particularmente puede provocarme un ataque que me deje las rodillas temblando de por vida. ¿Os lo imagináis? ¿Temblando de por vida? No puedo arriesgarme a eso.

El agujero es mejor, he nacido en él, me he asomado, he visto los colores del exterior y cada vez que saco la cabeza recibo latigazos en los ojos. Regreso a la comodidad de las calamidades controladas rebosante de reafirmaciones sobre mi pasado y mi futuro. No puedo pretender ser ninguna otra cosa, no saldría bien. Y es que siempre que te echen de un sitio lo que más recomiendo es pensar que en realidad fuiste tú quien no quiso estar allí.

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Carrie White

Cuando el éxito de una reunión depende de conseguir o no un motivo para hacerte burla a ti, justo a ti, tienes que encasquetarte como sea escuadra y cartabón en el bolsillo para milimetrar cada paso. No dudes que ellos cotizan muy alto el valor de tu ruina, y que emplearán todo su empeño e inventiva en fomentar tu flaqueza de la manera más lastimera.

Para ellos es distinto. Son muchos, juntos, unidos a través de ti. El objetivo común a derribar que tú eres les hace fuertes, les hace aliados, amigos. Si uno de ellos cae no es ninguna suerte, le quedan diez, treinta, quinientas espaldas sobre las que derrumbarse, torsos jóvenes y sanos que absorberán su vergüenza hacia las filas traseras y que arremeterán contra ti mucho más fieramente ahora que les mueve la venganza. Y por fin tendrán la razón para patearte las costillas, para arrancarte el pelo, para escupirte, para robarte, la razón por la que llevaban horas salivando. Hiciste daño a uno de los suyos, o sencillamente se lastimó por tu culpa tratando de reducirte. En este ajusticiamiento en el que de dos a quinientos mierdas descargan su ira hormonada contra ti por haber intentado defenderte o haber causado involuntariamente lesiones a un afín que trataba de aplastarte con todo el derecho del mundo, prepárate porque ahora tú te conviertes en el demonio cruel que hizo llorar a un amado compañero a base de malas artes. Mereces el peor castigo posible.

Se van a encarnizar contigo y no hay nada que puedas hacer para salir triunfante. No posees poderes sobrenaturales, no acudirán amigos cachas, ni siquiera tienes amigos canijos, y por supuesto no escondes una novia vampiresa que te saque del entuerto en el último momento. Lo único que puedes hacer para quedar por encima es  no llorar, por mucho que te duela. No pidas ayuda, no recurras a un superior, no se lo cuentes a nadie. Cura tus heridas a escondidas, las del cuerpo y las del orgullo. No les des a entender que te han jodido. Tú eres injodible.

Espera, espera pacientemente unos días a que alguno de ellos se clave una astilla o se tropiece por las escaleras. Y entonces ríete, ríete a carcajadas de sus lágrimas como si no te palpitaran los moratones, como si no te escocieran los manojos arrancados del cuero cabelludo. No quiero engañarte: te van a volver a pegar. Pero antes, durante los segundos que tarden en organizarse y amotinarse de nuevo sobre ti, regocíjate en sus caras y saborea la victoria. Sólo te zurran como lo hacen porque en teoría ellos son los tipos duros y les quema por dentro saber que no podrían soportar un día en tu pellejo.

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Doll Face

Mya Nichole es un putón, y eso en principio no me agrada. No es mi tipo la mire por donde la mire. Ni siquiera por dentro. Me refiero a sus mucosas, claro, desplegadas de par en par tan generosamente. Menuda pinta me trae, y además desde el principio. No sé quién le sugeriría que tenía cara de muñeca ni lo que recibió a cambio del cumplido. Supongo que su concepto de muñeca era bien distinto al mío, no pasa nada, hay muchas clases, incluso están las hinchables. También son bonitas a su manera.

Pero el caso es que ella me hace sentir bien. No me gusta nada pero es como si hubiera nacido para ser destrozada, como si estuviera cumpliendo felizmente su destino. No me crea conflicto. Cuanto más prefiero a las actrices más alto me incordia el monstruíto sobre el hombro derecho que pobre chica, podría haber sido modelo, o Premio Nobel de la Paz, es tan mona, seguro que si la hubieran llevado al médico a tiempo no habría terminado así. Sobre todo me pasa si su aspecto empezó por ser dulce y angelical y en año y medio se convierte en una golfa de gomaespuma. Pero Mya Nichole lo venía buscando, lo traía todo de serie. Apuesto a que nació guarra y hortera, a que su carrera pornográfica es un sueño hecho realidad. Eso me alegra, por qué no. Me place verla, la recomiendo, y hasta pienso que es buena para la salud.

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Electric Bloom

Entre mis surtidas dolencias destaca en caracteres dorados la ansiedad. No es ninguna novedad, de acuerdo. Pero sí me parece por lo menos curioso que esta desazón no es despertada por cualquier cosa. Ni por cualquiera ni por un solo tipo. Quiero decir que mi congoja en ocasiones permanece completamente anestesiada cuando ni siquiera yo lo espero, mientras que a veces me afligen circunstancias de lo más livianas incluso a mi propio parecer. No lo elijo yo, es una cuestión de química, supongo. Depende del día, depende de los detalles. Está bien, este asunto no tiene nada de especial. No soy especial. Pero también tengo derecho a explicarme a corazón abierto por una vez.

No es que me haya enfadado por nada. No me gusta enfadarme. Tampoco planeo enviar mensajes al viento y esperar una satisfactoria respuesta, que me salven de una vejez árida, que se subasten mis camisetas sudadas. Y por nada del mundo deseo que a partir de ahora me tomen en serio porque eso sí terminaría de perderme.

Sencillamente me consuela el desahogo juvenil de confesar sin pudor y sin excusa mis limitaciones, justo ahora y en ningún otro momento, porque son vergonzantes pero también bellas y honestas. Lo único que provoca en mí esta angustia demencial sin excepción es el dolor en algunas de sus formas. No puedo soportar causar cierto tipo de dolor, ni saber que no lo estoy consiguiendo aliviar. No soy muy hábil, aunque me ha parecido comprobar que las maneras no son lo más importante, que ciertamente esta solución es una de los pocas en las que la intención sí cuenta. Pero a veces no basta, a veces no soy suficiente.

Cuando pienso en ella y en cómo se fue por donde vino no me aterran la humillación a la que me sometió ni su negativa reiterada, al menos no tanto como saber que ella en el fondo estaba sufriendo y no haber sido capaz de curarla.

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Doggy Style

Siempre tuve predilección por los desgraciados, para empezar porque era un poco mi bando, pero también porque, al conocerlos desde dentro, creí atisbar ciertas ventajas en ellos.

En principio no me planteaba acercamiento alguno porque yo era muy tímida. Pero entonces comenzaron los fenómenos inesperados (…) y repentinamente yo adquiría permiso para rondar a quien quisiera. Podía elegir. Supuse que los infelices no sólo merecían más atención, sino que además sus correspondencias serían más intensas y su gratitud más reconfortante. Fue así que empezó mi andadura como salvavidas, como reconstituyente, como premio de consolación. Qué satisfactorio altruismo, la reacción de un miserable al que se obsequia con todo de golpe no tiene precio. Me enganché a ese sentimiento (…), pero pronto me fue revelado su verdadero significado.

Ninguno me quiso de especial forma más allá de la primera semana y, contra mis espectativas, se acostrumbraron a mis encantos tan rápido o incluso más que un galán de piscinas. Repetidamente, en apenas diez días pude observar a lo largo de mis numerosos experimentos cómo diversos individuos enclenques y acneicos se concebían dignos de lujos extremos. Lejos de apreciar con entusiasmo los bienes recibidos, exigían más cantidad que los hombres sanos y normales, en concepto de alguna especie de compensación por los sufrimientos pasados. Y yo, que me había aproximado a ellos buscando glorias e idolatrías, me sumí en el papel de esclava complaciente que palía el dolor pero no lo cura, como un regalo de cumpleaños que se entrega con un mes de retraso.

De esta manera comprendí la ruin naturaleza de estos perros sarnosos que son los encogidos, porque caminar erguidos no les contenta, porque prefieren pensar que nada les sale bien porque no se les da la oportunidad, y porque sólo son capaces de adorar sin control al amo que les hace pasar hambre cuando están mordiendo la mano del que les da de comer.”

Ya lo saben, queridas, absténganse de husmear en la perrera municipal con sus trajes de domingo si lo único que andan buscando es un cachorro herido con el que ganarse el cielo.

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First Date Fuck

Yo ahora ni pongo en pie cuándo tuvo lugar mi última primera cita en toda regla, y si miro los anuncios de la tele sobre dentífricos aromáticos y lociones para después del afeitado me parece triste, pero en realidad me alegro. Se me daba fatal. Hay quien disfruta con ese ritual de preparativos y lenguajes cifrados, y lo entiendo porque es un proceso emocionante y muy satisfactorio si se alcanzan los objetivos. Si yo alguna vez he triunfado en esta batalla sólo ha sido por haber despertado ternuras y compasiones capaces de volver vegetariano a un ganadero aragonés.

First Date Fuck

Anhelamos esa cita como el comer, igual que los demás, pero cuando llega el momento no nos perfumamos y pisamos fuerte hasta la esquina del encuentro. La verdad es que sufrimos como cerdos degollados. Es el estúpido círculo del completo inútil, sufrimos porque no follamos y no follamos porque sufrimos. Criamos callos en la palma de la mano de pensar en rozarle el costado a una mujer, y cuando ella aprieta sus rodillas contra las nuestras dando a entender que extrañamente está a favor de tanta torpeza no podemos ni acariciarle el pelo porque los dedos nos gotean sudor a cincuenta grados. Huimos odiándolas por acorralarnos en una situación tan aparatosa, y como no sea que nos alcancen a la carrera babeando flujo vaginal, todo está perdido.

Hay para quien esto resulta impensable. También hay quien opina que a mí esas cosas nunca me han pasado, que yo contengo un alma nata de líder, cuando mi única posesión es esta espalda encorvada por una cantidad de despecho tal que me creo capaz de cruzarme con un rebaño de rubias en tacones y vengaros a todos de un vistazo.

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Butt Cream Pie

Si algo me da asco en este mundo es una chica con el pelo sucio. Si encima está teñido y airea sus grasientas raíces diez tonos por encima o por debajo de la pintura, entonces es que me muero. Cuando iba a clase sabía cada cuánto se lavaban el pelo todas mis compañeras, las que me gustaban y las que no, y llegaba a preferir a las feas limpias que a las guapas pringosas. De las feas cochinas ni hablamos que se me da la vuelta la merienda dentro del cuerpo.

Pues bien, ésta tenía el pelo fatal, no era bonita, no se callaba ni a palos y para colmo padecía insomnio. Allí estaba yo, desparramándome de sueño, y era como esa tortura temible consistente en despertar al cautivo violentamente cada vez que cierra los ojos. No sé qué le hacía pensar que su torrente de información me interesaba lo más mínimo, pero tampoco se le había ocurrido lavarse la cabeza en lo que iba de semana, qué más podía esperar de ella. Hubiera dado mi reino, mi caballo y las cenizas de mi abuela por quedar impune tras su asesinato, pero ni siquiera una duchita rápida podía sugerir sin humillar su débil naturaleza, cómo iba a amordazarla, cómo iba a pedirle que se callara. Me daba pena, coño, contaba unas historias muy tristes.

Yo compartía cuarto con ella casualmente, jamás lo habría elegido, no penséis que eran las cinco de la mañana y que en la discoteca el licor y las luces habían logrado ofrecerme una ilusión tan ligera y brillante como una Nancy hueca recién sacada de la caja.

Un inesperado alboroto procedente de la calle me hizo abrir bruscamente los ojos de nuevo, era como si hubieran demolido un edificio, un ruido enorme, de mucho miedo. Nos miramos y ella, ágil como una rata, dio un salto y salió corriendo para mirar por el balcón, al otro  lado de la casa. Yo atravesé el largo pasillo y cuando estaba a punto de alcanzarla volvió sobre sus pasos anunciando que no era nada. Sólo entonces me di cuenta de que iba en bragas, porque veréis, es que yo soy muy miope y estaba tratando de dormir, no me había fijado. Al cruzarse conmigo distinguí su piel desnuda y caminé tras ella en silencio, intentando acercarme lo máximo posible para juzgar su espalda. La línea de su cintura era cimbreante y confusa y el trazo se difuminaba constantemente para mis pobres ojos defectuosos. Pero en conjunto, que es la única manera en que puede apreciar las formas un miope, me pareció un fantasma precioso de largos cabellos rubios y figura escurridiza. Como seguir la quimera de lo que un día fue la pequeña Teagan Presley.

LittleTeagan

Recomiendo mucho la segunda parte del vídeo.

De repente me ablandé como un muñeco de mazapán y pensé que ella no se merecía semejantes desdenes, que era una criatura melosa y vulnerable, que no había elegido ni sus circunstancias ni sus atributos, que merecía mi respeto y mi condescendencia, y no recuerdo bien qué le dije ni cómo se lo dije pero diez minutos después se había dejado introducir dócilmente en la bañera y derrochaba champú.

Sí, soy un maloliente cubo de gusanos para cebo, la perdoné sólo porque me enseñó la cintura.

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Lily Love

He venido observando un hecho curioso. Un estadístico diría que es pura coincidencia aislada, pero yo apenas si recuerdo cómo aplicar una regla de tres y permito que impere la mágica belleza del dato manipulado.

Mi santa madre me concibió en una época en la que no era tan común saber qué clase de ser humano se llevaba en el vientre. Igual es que no se podía, no he estudiado tanto el tema. El caso es que ella no conoció mi sexo hasta que nací, y por lo tanto me tenía preparados nombres para cubrir cualquier opción. Era de esperar que al final no usara ninguno de la lista y que sólo decidiese cuál sería el adecuado al verme la cara, pero sus cavilaciones quedaron como graciosa anécdota para la posteridad, para mi perversa posteridad.

Suzie Carina

Pese a lo que he expuesto humildemente nada más empezar para excusar el esotérico halo que envuelve mis observaciones, he de decir que a estas alturas del relato me he confiado y admito que lo que me dispongo a confesar es completamente cierto y contrastable: todas las mujeres que han conseguido desquiciarme figuraban en la lista confeccionada durante mi gestación. Quiero decir que cada uno de sus nombres coincidía con alguno de los que mi madre barajaba ponerme a mí en caso de haber nacido niña. No creo que se oculte en esto ningún mensaje divino, pero sí me inclino a pensar que en cuanto mi madre compartió conmigo la extraña y dulce historia de su embarazo, la tierna sesera que por entonces habitaba mi cráneo encontró un significado místico en esas letras que designaban al manojo de chicas sin rostro que podían haber sido yo.

La atracción irresistible ejercida por esta serie de abortos se ha ido cumpliendo con cada una de mis predestinadas sin excepción, a falta sólo de una, de momento. Si yo estuviera leyendo esto y me llamase Violeta me estaría temblando el culo.

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You were always on my mind

Mis prioridades todavía no se habían establecido a la manera en que hoy lo han hecho. Entonces yo aún le tenía miedo a mi madre, e incluso a algunos profesores. Empezaba a desvincularme de esos enormes e irreales sentimientos adolescentes pero mis acciones las dominaba una urgencia desesperada por follar. No me miréis así, me había pasado muy pocas veces. Y de repente manejaba varias posibilidades, jamás he vuelto a contar con un abanico tan amplio, seguramente porque tras el desastre de hoy reorganicé estas prioridades de las que hablamos y mi actitud regresó a su tradicional carácter taciturno.

La catástrofe consistió en dejarla de lado. Sencillamente parecía demasiado buena como para estar esperándome a mí. Su preciosa cabeza se ocupaba de mil asuntos deliciosos, cómo podía yo imaginar que la atormentaba mi desprecio. Aún no me lo creo. Me planteo si sólo se quejó cuando no había remedio para que me remordiera el arrepentimiento durante años, por despecho, por vanidad, pricipal causa de todos sus movimientos. Estaba ofendida, indignada por mis desaires.

Malditas conjeturas de niña mimada, cómo no percatarse de que cada quejumbrosa inspiración de mi pecho se ejecutaba en su honor. Cuando yo no hablaba de otra cosa, cuando para mí haberla conocido ya era suficiente motivo para la presunción más altanera. Pero siempre lejos, preocupándome de que ella no se enterara. Para no asustarla.

Curiosamente no se ha continuado su senda en ese sentido y resulta muy triste comprobar que se confirman tanto el antiquísimo temor al rechazo de mi expresión sincera como las groseras teorías de los chulopollas que me aconsejan maltratar a las mujeres si lo que pretendo es que me anden persiguiendo con las bragas en la mano.

Waiting For

Nadie ha vuelto a manifestar deseos de mis desmesurados cuidados. Mientras que, a raíz de este desencuentro, concluí no cometer el mismo error en el futuro y dejar de ocultar mis pasiones, convenciéndome de que con ello no se me echaría de nuevo en cara ninguna falta de afecto. A costa de esto han huído de mis brazos todas sus sucesoras, y empiezo a comprender que si ella se atrevió a reivindicar mi odiosa intensidad fue porque no tuvo oportunidad de sufrirla.

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Dear Lily

No hace muchos días, cuando todavía tenía un trabajo del que regresar a casa farfullando fantásticas blasfemias, me encontré de repente arrojando mis furiosas zancadas justo detrás de la espalda de Azucena. Aminoré el paso para comprobar que era ella y aumenté unos metros la distancia. Se paró en seco para mirar un escaparate y me ofreció un inconfundible perfil que evaporó todo atisbo de duda. Estaba como siempre, bonita y compacta, con el pelo teñido de negro y recién cortado. Pensaba saludarla, pero decidí que no porque a todas luces seguía loca como una cabra y nos iba a resultar embarazoso.

La conozco desde la pubertad, pero sólo fue mi amiga unos meses. Era la mejor amiga del mundo, exceptuando el ínfimo detalle de que estaba loca. No digo que yo no, pero por lo menos yo tenía vergüenza y procuraba disimular, o por lo menos quitarle un poco de hierro al problema. No se puede hablar tan en serio de ciertas cosas, Cristo, no se puede hablar en serio de todo. Así que como yo trataba tímidamente de corregirla pero el pudor enturbiaba mis intenciones, acabé por mandarla a la mierda  de mala manera dos o tres veces. Luego ella estaba muy sola y me daba pena y volvía porque era guapa, era lista y tenía talento, pero a su lado me aburría como una ostra y me sacaba de mis casillas con tanta melindre un día tras otro. No nos vimos más hasta este momento, en la calle.

Eran las dos y media de la tarde y ella iba maquillada como para rodar El baile de los vampiros, por no hablar de la minifalda de cuadros rojos que dejaba asomar un palmo de liguero de encaje, todo ello coronado por unas sandalias que debía de haberse comprado su madre en 1996. Sus andares pretendían sonar sofisticados y decididos pero a mí me parecían tan arrítmicos y desorientados como cuando atravesaba el patio del recreo con los labios pintados de púrpura rezando para que nadie le tirara un suso de nata en el pelo. No me juzguéis por afirmar de un vistazo sus profundos trastornos emocionales. Es que tengo mis motivos.

Ay, Azucena, qué alegría verte fuerte y sana, pero no tienes remedio.

Dear Lily Of Mine

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