First Date Fuck

Yo ahora ni pongo en pie cuándo tuvo lugar mi última primera cita en toda regla, y si miro los anuncios de la tele sobre dentífricos aromáticos y lociones para después del afeitado me parece triste, pero en realidad me alegro. Se me daba fatal. Hay quien disfruta con ese ritual de preparativos y lenguajes cifrados, y lo entiendo porque es un proceso emocionante y muy satisfactorio si se alcanzan los objetivos. Si yo alguna vez he triunfado en esta batalla sólo ha sido por haber despertado ternuras y compasiones capaces de volver vegetariano a un ganadero aragonés.

First Date Fuck

Anhelamos esa cita como el comer, igual que los demás, pero cuando llega el momento no nos perfumamos y pisamos fuerte hasta la esquina del encuentro. La verdad es que sufrimos como cerdos degollados. Es el estúpido círculo del completo inútil, sufrimos porque no follamos y no follamos porque sufrimos. Criamos callos en la palma de la mano de pensar en rozarle el costado a una mujer, y cuando ella aprieta sus rodillas contra las nuestras dando a entender que extrañamente está a favor de tanta torpeza no podemos ni acariciarle el pelo porque los dedos nos gotean sudor a cincuenta grados. Huimos odiándolas por acorralarnos en una situación tan aparatosa, y como no sea que nos alcancen a la carrera babeando flujo vaginal, todo está perdido.

Hay para quien esto resulta impensable. También hay quien opina que a mí esas cosas nunca me han pasado, que yo contengo un alma nata de líder, cuando mi única posesión es esta espalda encorvada por una cantidad de despecho tal que me creo capaz de cruzarme con un rebaño de rubias en tacones y vengaros a todos de un vistazo.

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Butt Cream Pie

Si algo me da asco en este mundo es una chica con el pelo sucio. Si encima está teñido y airea sus grasientas raíces diez tonos por encima o por debajo de la pintura, entonces es que me muero. Cuando iba a clase sabía cada cuánto se lavaban el pelo todas mis compañeras, las que me gustaban y las que no, y llegaba a preferir a las feas limpias que a las guapas pringosas. De las feas cochinas ni hablamos que se me da la vuelta la merienda dentro del cuerpo.

Pues bien, ésta tenía el pelo fatal, no era bonita, no se callaba ni a palos y para colmo padecía insomnio. Allí estaba yo, desparramándome de sueño, y era como esa tortura temible consistente en despertar al cautivo violentamente cada vez que cierra los ojos. No sé qué le hacía pensar que su torrente de información me interesaba lo más mínimo, pero tampoco se le había ocurrido lavarse la cabeza en lo que iba de semana, qué más podía esperar de ella. Hubiera dado mi reino, mi caballo y las cenizas de mi abuela por quedar impune tras su asesinato, pero ni siquiera una duchita rápida podía sugerir sin humillar su débil naturaleza, cómo iba a amordazarla, cómo iba a pedirle que se callara. Me daba pena, coño, contaba unas historias muy tristes.

Yo compartía cuarto con ella casualmente, jamás lo habría elegido, no penséis que eran las cinco de la mañana y que en la discoteca el licor y las luces habían logrado ofrecerme una ilusión tan ligera y brillante como una Nancy hueca recién sacada de la caja.

Un inesperado alboroto procedente de la calle me hizo abrir bruscamente los ojos de nuevo, era como si hubieran demolido un edificio, un ruido enorme, de mucho miedo. Nos miramos y ella, ágil como una rata, dio un salto y salió corriendo para mirar por el balcón, al otro  lado de la casa. Yo atravesé el largo pasillo y cuando estaba a punto de alcanzarla volvió sobre sus pasos anunciando que no era nada. Sólo entonces me di cuenta de que iba en bragas, porque veréis, es que yo soy muy miope y estaba tratando de dormir, no me había fijado. Al cruzarse conmigo distinguí su piel desnuda y caminé tras ella en silencio, intentando acercarme lo máximo posible para juzgar su espalda. La línea de su cintura era cimbreante y confusa y el trazo se difuminaba constantemente para mis pobres ojos defectuosos. Pero en conjunto, que es la única manera en que puede apreciar las formas un miope, me pareció un fantasma precioso de largos cabellos rubios y figura escurridiza. Como seguir la quimera de lo que un día fue la pequeña Teagan Presley.

LittleTeagan

Recomiendo mucho la segunda parte del vídeo.

De repente me ablandé como un muñeco de mazapán y pensé que ella no se merecía semejantes desdenes, que era una criatura melosa y vulnerable, que no había elegido ni sus circunstancias ni sus atributos, que merecía mi respeto y mi condescendencia, y no recuerdo bien qué le dije ni cómo se lo dije pero diez minutos después se había dejado introducir dócilmente en la bañera y derrochaba champú.

Sí, soy un maloliente cubo de gusanos para cebo, la perdoné sólo porque me enseñó la cintura.

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Lily Love

He venido observando un hecho curioso. Un estadístico diría que es pura coincidencia aislada, pero yo apenas si recuerdo cómo aplicar una regla de tres y permito que impere la mágica belleza del dato manipulado.

Mi santa madre me concibió en una época en la que no era tan común saber qué clase de ser humano se llevaba en el vientre. Igual es que no se podía, no he estudiado tanto el tema. El caso es que ella no conoció mi sexo hasta que nací, y por lo tanto me tenía preparados nombres para cubrir cualquier opción. Era de esperar que al final no usara ninguno de la lista y que sólo decidiese cuál sería el adecuado al verme la cara, pero sus cavilaciones quedaron como graciosa anécdota para la posteridad, para mi perversa posteridad.

Suzie Carina

Pese a lo que he expuesto humildemente nada más empezar para excusar el esotérico halo que envuelve mis observaciones, he de decir que a estas alturas del relato me he confiado y admito que lo que me dispongo a confesar es completamente cierto y contrastable: todas las mujeres que han conseguido desquiciarme figuraban en la lista confeccionada durante mi gestación. Quiero decir que cada uno de sus nombres coincidía con alguno de los que mi madre barajaba ponerme a mí en caso de haber nacido niña. No creo que se oculte en esto ningún mensaje divino, pero sí me inclino a pensar que en cuanto mi madre compartió conmigo la extraña y dulce historia de su embarazo, la tierna sesera que por entonces habitaba mi cráneo encontró un significado místico en esas letras que designaban al manojo de chicas sin rostro que podían haber sido yo.

La atracción irresistible ejercida por esta serie de abortos se ha ido cumpliendo con cada una de mis predestinadas sin excepción, a falta sólo de una, de momento. Si yo estuviera leyendo esto y me llamase Violeta me estaría temblando el culo.

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You were always on my mind

Mis prioridades todavía no se habían establecido a la manera en que hoy lo han hecho. Entonces yo aún le tenía miedo a mi madre, e incluso a algunos profesores. Empezaba a desvincularme de esos enormes e irreales sentimientos adolescentes pero mis acciones las dominaba una urgencia desesperada por follar. No me miréis así, me había pasado muy pocas veces. Y de repente manejaba varias posibilidades, jamás he vuelto a contar con un abanico tan amplio, seguramente porque tras el desastre de hoy reorganicé estas prioridades de las que hablamos y mi actitud regresó a su tradicional carácter taciturno.

La catástrofe consistió en dejarla de lado. Sencillamente parecía demasiado buena como para estar esperándome a mí. Su preciosa cabeza se ocupaba de mil asuntos deliciosos, cómo podía yo imaginar que la atormentaba mi desprecio. Aún no me lo creo. Me planteo si sólo se quejó cuando no había remedio para que me remordiera el arrepentimiento durante años, por despecho, por vanidad, pricipal causa de todos sus movimientos. Estaba ofendida, indignada por mis desaires.

Malditas conjeturas de niña mimada, cómo no percatarse de que cada quejumbrosa inspiración de mi pecho se ejecutaba en su honor. Cuando yo no hablaba de otra cosa, cuando para mí haberla conocido ya era suficiente motivo para la presunción más altanera. Pero siempre lejos, preocupándome de que ella no se enterara. Para no asustarla.

Curiosamente no se ha continuado su senda en ese sentido y resulta muy triste comprobar que se confirman tanto el antiquísimo temor al rechazo de mi expresión sincera como las groseras teorías de los chulopollas que me aconsejan maltratar a las mujeres si lo que pretendo es que me anden persiguiendo con las bragas en la mano.

Waiting For

Nadie ha vuelto a manifestar deseos de mis desmesurados cuidados. Mientras que, a raíz de este desencuentro, concluí no cometer el mismo error en el futuro y dejar de ocultar mis pasiones, convenciéndome de que con ello no se me echaría de nuevo en cara ninguna falta de afecto. A costa de esto han huído de mis brazos todas sus sucesoras, y empiezo a comprender que si ella se atrevió a reivindicar mi odiosa intensidad fue porque no tuvo oportunidad de sufrirla.

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Dear Lily

No hace muchos días, cuando todavía tenía un trabajo del que regresar a casa farfullando fantásticas blasfemias, me encontré de repente arrojando mis furiosas zancadas justo detrás de la espalda de Azucena. Aminoré el paso para comprobar que era ella y aumenté unos metros la distancia. Se paró en seco para mirar un escaparate y me ofreció un inconfundible perfil que evaporó todo atisbo de duda. Estaba como siempre, bonita y compacta, con el pelo teñido de negro y recién cortado. Pensaba saludarla, pero decidí que no porque a todas luces seguía loca como una cabra y nos iba a resultar embarazoso.

La conozco desde la pubertad, pero sólo fue mi amiga unos meses. Era la mejor amiga del mundo, exceptuando el ínfimo detalle de que estaba loca. No digo que yo no, pero por lo menos yo tenía vergüenza y procuraba disimular, o por lo menos quitarle un poco de hierro al problema. No se puede hablar tan en serio de ciertas cosas, Cristo, no se puede hablar en serio de todo. Así que como yo trataba tímidamente de corregirla pero el pudor enturbiaba mis intenciones, acabé por mandarla a la mierda  de mala manera dos o tres veces. Luego ella estaba muy sola y me daba pena y volvía porque era guapa, era lista y tenía talento, pero a su lado me aburría como una ostra y me sacaba de mis casillas con tanta melindre un día tras otro. No nos vimos más hasta este momento, en la calle.

Eran las dos y media de la tarde y ella iba maquillada como para rodar El baile de los vampiros, por no hablar de la minifalda de cuadros rojos que dejaba asomar un palmo de liguero de encaje, todo ello coronado por unas sandalias que debía de haberse comprado su madre en 1996. Sus andares pretendían sonar sofisticados y decididos pero a mí me parecían tan arrítmicos y desorientados como cuando atravesaba el patio del recreo con los labios pintados de púrpura rezando para que nadie le tirara un suso de nata en el pelo. No me juzguéis por afirmar de un vistazo sus profundos trastornos emocionales. Es que tengo mis motivos.

Ay, Azucena, qué alegría verte fuerte y sana, pero no tienes remedio.

Dear Lily Of Mine

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Penas

Tengo un problema que vais a entender fácilmente. Todos os sabéis el de “Tenía una idea pero fui a cagar y se me olvidó”. A mí me pasa igual, pero al dormir. Deberían comercializar pronto una aplicación que conectara el cerebro a internet. Yo la instalaría e inevitablemente me haría de oro. Porque lo mejor se me ocurre siempre cuando no estoy aquí delante. La mayoría de las veces en la cama, dando vueltas. Me digo “eh, eso es bueno, que no se te olvide”, pero por la mañana apenas si puedo esbozar el tema principal de mis desvelos al abrir los ojos, y para el desayuno lo he perdido todo.

En vuestras propias carnes podéis percibir cuánto esto es así porque no os cuido como debiera. Pero antes de que aprovechéis la ocasión para colmarme de reproches, sabed que he comprendido cuál es la clave para reformarme:

Qué inmediato parece hoy echar mano del ordenador portátil, ¿verdad? En cualquier momento, en cualquier lugar, lo coges y lo tienes todo. Para empezar, yo nunca lo tengo cerca cuando más lo necesito. Para seguir, cada vez que lo abro se me van las horas en tonterías y pierdo el hilo constantemente. Y para terminar quisiera que viérais el estado físico en que se encuentra esta pobre computadora. Una mierda para mi ordenador portátil.

Maria Bunny

¿Quién se acuerda de tener nueve, once, catorce años, y meterse en el vehículo familiar para emprender un viaje? Había quien se desesperaba si a la media hora de trayecto se daba cuenta de que había olvidado la Game Boy, la Barbie, los rotuladores, la SuperPop, los deberes, el walkman. Yo palidecía mortalmente ante la ausencia de papel y lápiz. Luego igual no escribía nada, lo mismo que otro no sacaba el libro de Matemáticas en todo el verano, pero necesitaba tenerlos, por si acaso. Al final pasaba igual que ahora, que las mejores cosas se me ocurrían justo cuando no estaban a mano, pero poco a poco aprendí que un taco de folios y un boli eran mil veces más importantes que un cepillo de dientes. Así me fue durante tanto tiempo, pero de entonces, aparte de una colección de poros como cloacas, conservo inmensos novelones por los que matarían los guionistas de Antena 3.

Hace dos días, por la noche, mientras me daba cuenta de que el gracioso material que me rondaba la cabeza se iba a desperdiciar igual que el resto, me sentí como en alguno de aquellos apartamentos de vacaciones, con los aburridísimos muebles de pino vacíos, y supe que para salvar mi alma necesitaba encender una linterna debajo de la manta y escribir una cuantiosa sarta de burradas.

A la mañana siguiente me compré un cuaderno mediano que me cabe en todas partes. Es rosa y en la tapa hay dibujada una coneja enseñando las bragas. Lo consideré suficiente como aporte de porn y me juré, tanto como ahora os juro a vosotros, rellenarlo de pains.

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Lovely Ice

No sé vosotros, pero anoche no me lo esperaba y pasé mucho frío. Tenía los pies helados pero como me da miedo la oscuridad aguanté sin levantarme a buscar una manta en condiciones. Resistí  hasta dormirme centrándome en un tema tan serio como mi catálogo mental de nórdicas amables que se hubieran reído de mi gélido terror la primera noche de otoño al sur de Europa.

Repasé un montón de nombres, caras y capturas, pero que nos valga de referencia la británica Isabel Ice porque su “apellido” viene al caso. Gran chica, muy simpática. Guapa no es, las cosas como son, pero cobarde, ja, cobarde tampoco.

Love Ice

Así que podemos estar satisfechos. Quién no se ha empapado hoy  bajo la lluvia. Yo lo he hecho y el espectáculo que he presenciado mientras tanto ha sido estupendo. Maquillajes arruinados, permanentes encrespadas, rostros pálidos, niños contentos, botitas de agua, chillidos y salpicones. Y ahora qué, rancios piscineros, dónde quedan esos escotes churrascados, los callos desnudos, el glorioso topless de caucho. Hace dos meses no sabíamos dónde meternos para evitar estas grotescas estampas, embadurnados a la sombra en carísima loción protectora de factor +50. Hoy que el mundo se ha vueltro gris me complazco en multiplicar y dividir calculando lo que se van a gastar de aquí a mayo en cabinas de rayos UVA a euro el minuto. Hoy no hace falta estar deprimido para tener mala cara ni ser el feo de la clase para arrastrar los pies. Hoy somos nosotros los dueños de las sonrisas brillantes porque se acabaron las sandalias y las varices; todas las chicas lucen profundas ojeras y van despeinadas. La venganza está servida. Chinchín.

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The Violation Of Audrey Hollander

Se tiende a pensar que el poder y la fortuna son virtudes propias de los ricos, de los bellos, de los amos. Estos individuos, los poderosos, no han ganado nada. Ni siquiera los que han trabajado duro para conseguirlo. Todo lo que uno tiene es porque otro se lo ha otorgado. Se deben a los pobres, a los feos, a los sumisos. Ellos, los poderosos, lo saben, pero callan. Mientras los pobres, los feos y los sumisos admiran inconscientes las grandes obras que han creado a voluntad, y les envidian y les temen.

Con el amor pasa lo mismo. Los institutos están llenos de chicas preciosas con aparato dental y camisetas de rayas que son despreciadas e incluso maltratadas todos los días. A cambio, millones de arpías con el pelo grasiento y pantalones de chándal se acuestan cada noche mascando el sabor a chicle de cereza que desprende la vida de una diosa adolescente. Y esto sólo ocurre porque otros las han colocado en sus respectivos lugares.

A algunos ya no nos queda nada más que perder y por eso me gusta hablar de nosotros como perdedores. Pero en el fondo pienso que manejamos el mundo entero. No nos importa lo que digan, nuestra fama no puede empeorar. Esto es lo que hay, somos puta mierda. No aspiramos a mejorar. Nos da igual. Así que empleemos nuestro enorme, enorme poder, usémoslo para bien.

Las divas son nuestras. Sólo saben que lo son cuando pasean cimbreantes al son del goteo de nuestras babas. No las miréis. Que se pudran solas, que se vistan de ocre y recojan sus lustrosas melenas en lánguidas coletas bajas, que caminen encorvadas por la vergüenza, que lloren, que sus lágrimas sean tan espesas que puedan escribir con ellas relatos de desolación repletos de faltas de ortografía y abreviaturas cómicas.

El amor pertenece a los perdedores.

El amor pertenece a los perdedores.

En cambio y sobre todo, dulcificad vuestros gestos ante las niñas perdidas. Las abusadas, las solitarias, las que no tienen donde caerse muertas, que se peinan con los dedos y se abofetean ante el espejo sólo por la curiosidad de ver cómo les sienta el rubor a la cara. Las que se ríen de los melodramas de la tele. Son tantas, y nadie las quiere. No creáis que por mostrarles vuestra generosa idolatría su actitud se tornará déspota, deseosas de pisar el lado opuesto. No. Lo mejor es que la sangre acudirá a sus mejillas caliente y roja por primera vez a causa de un motivo sano, y esa sangre y esas mejillas recordarán a quiénes se deben. Al dolor y al miedo.

Harán grandes cosas. Jugosas venganzas quedan por venir en el reino de los débiles.

Podemos hacerlo. El amor no pertenece a los amados, sino a los amantes. A nosotros nadie nos ama. El amor es sólo nuestro.

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Sylvia Kristel

De joven pasé un tiempo viviendo en Madrid y sólo conocí a una persona que me gustara. Se llamaba Alberto y estaba muy mal de la cabeza, pero todavía le recuerdo con gran cariño. A él sí le excuso por no haberme sacado de allí a tiempo, como he dicho estaba loco de remate y ya bastante tenía con lo suyo. Me consolaba su compañía porque en cierto modo teníamos mucho en común. Espero que él también se haya salvado.

Pienso frecuentemente en algunas de aquellas teorías que acabé adoptando como propias, y en Sylvia Kristel, musa a la que se afanaba en dedicar toda su obra pictórica y musical.

Solía emborracharse porque era muy tímido, y como la mayoría de tímidos borrachos luego decía cosas muy coherentes aunque no del todo bien expuestas. No importaba porque a mí siempre se me ha dado de maravilla entender lo que tratan de explicarme por muy borroso que sea el concepto. Me contaba que había acudido a montones de conciertos milenarios de los que se había arrepentido sin excepción. Al parecer no escarmentaba. Cuando se anunciaba uno de sus grupos favoritos para tal o cual festival, para un estadio olímpico, incluso para un bar cubierto de mugre, se entusiasmaba y contaba los días con el corazón en un puño. Era muy sufrido, como yo. Ojalá lo siga siendo.

Entonces llegaba la tarde o la noche  en cuestión y se ponía guapo, con su gorra descolorida y sus zapatillas raídas. Pero el evento pronto terminaba por convertirse en una situación confusa de odio y ruido que le hacía volver a casa profundamente deprimido. Niñatos de cien en cien drogados y molestos correteando de un lado a otro y la música relegada a mera banda sonora de la barbarie. Yo nunca había asistido a un concierto así y no sabía si creerle. Hoy hace ya años que comprendo cuánta razón había en sus relatos. Como Alberto, prefiero mil veces la intimidad de los auriculares Sennheiser que ahora mismo abrazan mi cabeza a compartir con cualquier otro ser humano la presencia real de alguno de mis ídolos.

Otra afición que tenía mi amigo, porque tal le consideraba yo, era la fotografía, y también este arte le brindaba enormes infelicidades. Tenía una hermosa cámara de las antiguas, ruda y pesada. La cargaba con todo el equipo siempre que sabía que algo bonito iba a ocurrir y a lo largo del acontecimiento padecía las crueldades del enfoque y los constantes cambios de objetivo. En el camino de vuelta preguntaba qué tal había estado el asunto porque claro, él se lo había perdido.

Este fin de semana yo me encontraba en mitad de un tumulto popular que gritaba enfervorecido y alzaba docenas de cámaras por delante de mis ojos. Había motivos a pares para chillar y capturar imágenes a la desesperada, concretamente pares de tetas. Reconozco que me había hecho ilusión ir y que no me sentí nada bien allí. Por la gente, por sus cámaras, por la nuestra propia, que también pesaba y era difícil de enfocar, y evidentemente por el espectáculo. Cuánto más soy capaz de disfrutar esa colección de muñecas dentro de la delicada caja de música que conforma mi ordenador portátil, actuando igual de lejos pero sólo para mí.

Sylvia Kristel

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Love is pain

Armin Meiwes mató a un hombre al que apreciaba para descuartizarlo y comer su carne. El proceso completo fue grabado en vídeo. Si no reivindico como pornografía esta cinta no es porque me dé miedo o asco. Es porque me da pena.

Esas malditas relaciones por internet lo confunden y precipitan todo. El concepto de este caníbal me parece bello y noble, pero poco aplicable al campo de lo real, sobre todo si uno tira de la red en busca de un cómplice.

Me imagino, por ejemplo, y antes de exponerlo invito a los de vómito fácil a cerrar esta ventana en pos de conservar su saludo, el amor verdadero. La adoración más extrema. Sólo los niños más solitarios sabemos lo que eso significa. Adorar no es peregrinar una vez al año ni santiguarse antes de dormir, y mucho menos rezar cincuenta rosarios para purgar un pecado. Se adora con los cinco sentidos, y la intensidad es tal que los minutos parecen durar noventa segundos.

Los niños tristes y solos crecemos ahogando un ataque de ansiedad en la garganta que nos acompaña sin pausa hasta la edad adulta. Y si no se ha aliviado, lo seguimos acarreando de una manera mucho más peligrosa: con medios a nuestro alcance. La extrema soledad en mi caso y en el de Meiwes se manifiesta no tanto en la urgente necesidad de recibir cariño como en la de ofrecerlo. Deseo rabiosamente alguien a quien amar, y a quien elija deseo amarlo hasta la locura más frenética. Es la consecuencia de un entorno hostil en el que la pena más grande no consiste en que la chica de tus sueños no te haga caso, sino en que no la encuentras por ninguna parte. Cuando alguien asoma la patita por debajo de la puerta estamos tan desesperados que con agarrarla no es suficiente, parece que lo más seguro es arrancarla de cuajo y tragárnosla. Así no nos abandonará nunca, permanecerá en nuestro interior. Cuando volvamos a afrontar la habitación vacía, abrazaremos nuestros propios miembros como si fueran los de otro que nos quiso, y será como tener para siempre una cálida y fiel compañía.

Yo poseo el enfermizo don de la adoración. Es hermoso durante un tiempo pero luego se vuelve peliagudo. No es fácil llevarlo a la práctica. Por eso entiendo al caníbal Meiwes, le compadezco, y no le temo. No fue su culpa. Todo salió mal, fue desorganizado y chapucero, no conocía a su “víctima”, no estaban realmente de acuerdo. Él no buscó matar a una persona y comérsela, sólo quería adorar a alguien hasta el punto de desear devorar su carne, y que el otro se sintiera tan feliz, tan cuidado y venerado ante sus atenciones, que se la entregase.

Si alguien pudiera corresponder mi amor en la medida en que yo amo, querría que me lo comiera. Los que me conocen tragan saliva porque saben que no exagero.

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